martes, 10 de marzo de 2015

“Esto es mucho camisón pa’ Petra” o de cómo mi abuela Emilia tuvo unos muebles en su casa gracias a Carlos Andrés Pérez

Ya Carlos Andrés había caminado bastante de frente y dando la cara. Ya los campesinos decían “primero Dios y después Carlos Andrés”, ya la gente había ido bastante pa’ Mayami gracias a las bonanzas petroleras. Del lado de los Gudiño, ya mi abuelo había salido de la cárcel después de haber estado contrabandeando madera ¿Gracias a quién? Pues a Carlos Andrés, y así su retrato se ganó el sitial de honor en la sala de la casa familiar.

Cuando leí Cien años de soledad supe que había crecido en la versión boconesa de la casa de los Buendía, sobre todo con el comienzo del capítulo cuatro: “La casa nueva, blanca como una paloma…” Y es que así era la casa de los Gudiño, blanca, inmaculada y montada sobre una pequeña colina que se veía imponente desde la carretera y desde la bomba. Para llegar a ella había que atravesar un gran patio y subir unas escaleras que tenían un techo natural formado por unas matas de Trinitaria. El color morado contrastaba con el blanco de la casa y le daba un aire único y elegante.

Al entrar había un pequeño porche con unas sillas de mimbre y unos helechos colgantes que hacían que este lugar siempre estuviera fresco a pesar del sol de las tres de la tarde. En la sala había un reloj de péndulo colgado en la pared que sonaba cada quince minutos. Del otro lado un tocadiscos para que las muchachas se entretuvieran con la música y rezaran el Santo Rosario en la tarde. También un televisor que compró el abuelo Marcelino en el 69 para ver el aterrizaje del hombre en la luna. Para sentarse había unas banquetas de madera nada cómodas que a la abuela Emilia le estorbaban para barrer y las muchachas odiaban porque no podían sentarse a echar cuentos como Dios manda.

Para agradecer aquel gran favor con el contrabando de madera, el abuelo invitó a Carlos Andrés a la casa a manera de agradecimiento y él fue. Días antes la abuela y las tres muchachas pensaban en las banquetas incómodas, viejas y rayadas que servían de muebles. La abuela refunfuñaba sola, pero no se atrevía a mencionar nada por miedo a su esposo. “Marcelino se pone bravo” era una frase recurrente en la casa por lo que el silencio y el respeto era una virtud familiar y si el jefe de la casa no disponía de algo, no se hacía.

Ya se acercaba el día de la gran visita y todos se habían resignado a que el Dr. Pérez se sentara en las viejas banquetas donde se aplastaba todo el mundo, hasta la gente que venía del Llano y los obreros con sus pantalones sucios. Estos eran los argumentos de Aura, la mayor de las hijas que tenía una extrema obsesión por la limpieza. La segunda de las hijas, Yolanda, había planeado con la ahijada del abuelo, Juanita, una estrategia para comprar unos muebles decentes y acordes a la ocasión.

Un día después del almuerzo, Yolanda y Juanita esperaron a Marcelino en la sala. Con confianza, pero a la vez con el respeto que merecía el gran patriarca, le comentaron que aquellas banquetas eran muy feas e indignas de tan ilustre e importante visita. Mientras Marcelino pensaba en silencio, por la cabeza de Yolanda pasó aquel horrible momento de su infancia cuando tuvo que ir al la escuela con unos cuadernos grandes, manchados y con un toro dibujado por la parte de afuera que decía El Bolivariano. Pensó que pasaría lo mismo y que terminarían eternamente sentadas en las horribles banquetas de madera. El abuelo no se puso bravo, sino que aceptó y les dio algunos cobres para ir a Boconó y comprar unos buenos muebles donde Miliani y la acotación de “Si hace falta plata, que me lo anote”.

Temprano al día siguiente bajaron Yolanda y Juanita a Boconó. Ya casi a medio día volvieron con tres butacas forradas en cuero vinotinto y patas blancas con una mesa de madera y mármol. Bajaron los muebles y acomodaron la sala con ayuda de los obreros. Cuando Marcelino subió a comer se paró en la puerta de la sala en silencio. La abuela Emilia, las tres hijas: Aura, Yolanda, Soraya y la ahijada Juanita se quedaron de pie y en silencio en la sala mientras veían a Marcelino a contra luz esperando a que dijera algo. Dieron las doce y cuarto, entró a la sala, se sentó en los nuevos muebles y dijo: “Esto es mucho camisón pa’ Petra”. Emilia corrió a la cocina y Marcelino fue tras ella a almorzar.



sábado, 14 de febrero de 2015

#PorTiMeCierroElTinder

Ya Carrie Bradshaw lo dijo. Estamos en la era donde la inocencia no existe, ya no hay Affairs to Remember, y si los hay, queremos superarlos lo más rápido posible. Atrás quedó el cortejo y la galantería propia de los caballeros. Ya no se escriben cartas ni poemas de amor. Ya no se espera a la media noche para salir a dar serenatas a la luz de la luna. Estamos en una era y en un país donde todo se resume en 140 caracteres y las muestras cotidianas de amor se manifiestan con los emojis del Whatsapp.

Todos estamos concentrados en buscar el amor instantáneo en Tinder donde supuestamente Cupido hace de las suyas si ambos clickeamos el corazón verde. Sí, todo esto es muy fino porque ha acelerado las cosas y hemos comprendido que tener sexo no es algo malo, pero todo se ha vuelto tan rápido que ya ni dura.

“Queremos que todo sea como la comida rápida”, me dijo una vez Maharshi (mi terapeuta) en una de esas sesiones donde ya estaba harto de andar enguayabado. Su teoría se basa en que lo instantáneo nos ha hecho creer que así también son las relaciones amorosas. Queremos empatarnos rápido, enseriarnos al instante y si la cosa se termina, a los tres días ya queremos haberlo superado.

Las cosas se complican para mí porque soy de los escribe inbox/mensajes de texto de amor. Algunas veces (No todas) me ha tocado lidiar con caras confundidas y miradas de “¿Dónde coño vives Marcel?” y obviamente recibir si acaso una sonrisa por el inbox, un gracias, un simple te quiero o un <3. Después de enrollarme tanto, decidí preguntar un día en Facebook ¿Cuáles eran los piropos más cool que les han dicho a mis amigos? Esto con la esperanza de que alguna vez algún conocido/culo/peor es nada nos haya dicho algo bonito.

Las respuestas no se hicieron esperar y todo el mundo empezó a comentar:

"Catira, eres tan dulce que me haces caries en los dientes".
"Se esta acabando el mundo, porque están cayendo ángeles del cielo"
"Ves, la belleza no está solo en los libros"
"Dios creo al mundo en 7 días, pero sin duda tú fuiste el 8vo. La práctica hace al maestro"
“Mi amolll verte a ti es como estar en una playa echao, debajooo de unas palmeras mira pa´arriba y y deci ufffff que coco´s!!!!!”

Después de leerlos y reírme un buen rato me dije que no estábamos tan mal. Quizás la el romanticismo cambió y las demostraciones de amor son más pop. Obviamente yo me quedé atrás porque soy de pueblo y en mis tiempos de colegio aún se daban serenatas con la radio de un carro a todo volumen (Me gradué hace 10 años, no 30). Sin embargo, mi explicación no me convencía y aún esperaba que alguien dijera algo medianamente intenso y romántico como para volver a creer en la humanidad.

Después de estar un tiempo despechado decidí que ya era hora de comenzar a conocer gente y en este mundo virtual me acordé de la existencia de aquella app que mis compañeros de universidad hablaban hace unos meses: Tinder. La descargué, escogí las fotos, escribí mi bio y empecé a tinderear. Equis, equis, equis, corazón, equis, corazón, corazón, interesante, mmm, corazón ¡Hay match! Wow, ya sé por qué la gente se emociona. Se abre una conversación, hablamos un rato, al día siguiente, intercambiamos números, seguimos hablando ¿Nos tomamos un café? La cita, nos fue bien, cuadramos otra cita ¿Vamos a mi casa?

Bueno, llegamos a mi casa y después de acariciar a Truman por cinco minutos llegó la hora del primer beso. Siempre la duda de cómo será. Parece bien. Prendo mi mac, abro el iTunes, un par de canciones y el shuffle escoge Fly Me To The Moon. Siguen los besos, luego las miradas, las caricias –Eres muy lindo Marcel–. Sonrío y vuelvo a besar. Volvemos a las miradas y las caricias y justo en el momento donde debe haber silencio, las miradas cómplices y las sonrisas me dicen el piropo (Si podemos llamarlo así) que cambió mi vida: “Por ti me cierro el Tinder”.

No pude evitar reírme. No sé si fue incomodidad o timidez. Lo cierto fue que me dio risa y no me lo esperaba.

No sé si se cerró el Tinder, después de ese día (y de mi risa, creo) las cosas se enfriaron y poco a poco dejamos de hablar. Sin embargo me di cuenta de que hay expresiones de romanticismo propias de cada época, y aunque yo sea un dinosaurio en cuanto a mis expresiones de amor, quizás deba ponerme un poquito 2.0 y probablemente algún día me anime a decirle o escribirle a alguien #PorTiMeCierroElTinder.




viernes, 30 de enero de 2015

Mirando pa' los lados

“Cuando uno va por la calle no debe mirar pa’ los lados”. Una frase lapidaria que mi mamá me la ha dicho tantas veces y yo, por rebeldía o por ser distraído, no suelo poner en práctica. Me distraigo con todo y por lo general, salgo a buscar algo y regreso con otra cosa.

El centro de Caracas es un lugar para caminar y tener los ojos puestos en mil cosas: La calle para no caerse, en tus cosas para que no te las roben, en la gente para no tropezarse y en las tiendas para encontrar lo que buscabas, no sin dejar a un lado lo que queda de esa ciudad de casas hermosas y de techos rojos.

Hoy caminaba por la calle del costado de la Catedral hacia el bulevar de San Jacinto y un papel pegado en una vidriera llamó mi atención: Vendo vitrinas. Guiado por mi pasión de recoger corotos viejos me acerqué a la tienda. Me sentí como Holly Golightly frente a Tiffanys. Había una balanza antigua y cuatro marcos de madera exhibidos.

Paredes pintadas de verde esmeralda contrastaban con vitrinas de madera marrón y turquesa. Sentadas detrás de uno de los mostradores estaban dos señoras muy elegantes que me saludaron amablemente. Pregunté por los marcos y detrás de mí entró alguien que preguntó por la balanza. Costaba 50 mil Bs. Después de que el desconocido se fuera supe que los marcos costaban 50 Bs. Pagué por uno y volví a mirar la tienda mientras esperaba por el cambio.


No dudé en preguntar por qué cerraban. Pilar, la más conversadora de las hermanas, comenzó a contar. “Ya estamos viejas y por aquí nos conocen como las abuelitas. Ya las cosas no están como antes”. A pesar de que estaban radicalmente cambiando su estilo de vida, y que a cualquiera eso le deprime, Pilar no dejaba de sonreír. –Está bien cerrar ciclos– le dije yo siguiendo su conversación. No sé cómo ni de dónde vino el deseo de Pilar de seguir hablando y comenzó a relatar su historia. Conchita, la otra hermana, sólo escuchaba sentada en una silla.

“Yo soy de Galicia y llegué de España con catorce añitos a trabajar. Trabajaba por La Marrón en una zapatería. Usaba unas mediecitas blancas y siempre fui obediente. Si me mandaban a limpiar los zapatos lo hacía. Años después me dijeron si quería vender joyas y me vine a este local. Me daban la mercancía y si la vendía, la pagaba. Si no, la devolvía. Todo eso fue por la confianza y por las ganas de trabajar”.

Entró una señora y se lamentó de que la joyería donde ella compraba su bisutería ya no iba a estar. Pilar tomo mis palabras y le respondió que estaba bien cerrar ciclos. “Son treinta y ocho años acá. En el 89 compramos en local y eso fue trabajando duro y ahorrando, porque a eso vinimos a este país. Yo soy hija de campesinos que me enseñaron a trabajar. Trabajaban como los andinos y están en el cielo, porque eran tan buenos que estoy segura de que allá están”.

Y sí, yo como siempre le dije que era andino. Pilar siguió hablando de su vida y de cómo una señora de Los Andes que planchaba y vivía en Chapellín la recibió cuando llegó a Caracas. Me entregó el marco, el cambió y me deseó suerte. Yo hice lo mismo con ambas hermanas.

Salí con la cliente y ambos vimos el marco de nuevo. Tenía un escrito de Paulo Coelho cuya frase final decía “La vida es una sola y vale la pena vivirla de buena manera”. No me encanta Coelho, pero por casualidades de la vida, ese texto me recordó a Pilar y a Conchita.

La cliente regresó a comprar uno de los marcos. Quizás quería llevarse un recuerdo de la tienda donde compraba sus zarcillos. Yo seguí caminando esta vez más seguro de que está bien mirar pa’ los lados. A casa me llevo un pedacito de la historia de esas hermanas, de La Esmeralda, la sonrisa de Pilar y su bendición, porque me la dio.




viernes, 19 de julio de 2013

Desayunando lecciones


¡Sábado! Lo mejor de despertarse este día es sentir que no tienes nada que hacer. El reloj no suena y puedes estar un ratico más en la cama estirándote. Sin embargo, hay algo que yo no puedo ignorar y es el llamado de mi estómago que ya a las diez de la mañana ronca como autobús viejo pidiendo algo más que agua. En casa no hay nada para rellenar la arepa ni el pan ¿Iker quieres desayunar cachitos?

La respuesta es afirmativa y vamos a una panadería de Colinas de Bello Monte. El día está soleado y perfecto como para ir a la playa. Me encanta vivir acá. Me siento en la ciudad pero a la vez en un pueblo. Escuchas desde la guacamayas surcando el cielo caraqueño, hasta el autobús que va a Petare y puntos intermedios, sin olvidar nuestro maravilloso cerro El Ávila que viéndolo desde mi ventana se ve espléndido, a pesar del aviso del Aladín donde anuncia su nuevo precio de 500 Bs.

La Miguel Ángel está llena de panaderías pero Iker quiere la pastelería española donde sirven cachitos dulces con un tipo de masa distinto al tradicional. Mala suerte, sólo quedan empanadas y nos toca ir a la panadería de al lado. No se ve mal. Tiene mesitas rojas de Coca Cola donde hay señoras hablando, niños que corren alrededor, señores que siguen con la mirada los traseros de adolescentes que usan shorts debajo de la nalga y una abuela solitaria con un bastón que sólo ve la gente pasar.

—Yo quiero un Croissant de jamón y queso crema y un juguito de naranja ¿Tú Iker? —No lo duda y pide lo mismo. Es que se ven tan bonitos en su bandeja, ni muy blancos, ni muy tostados. Están sacados de programa de cocina —Son 60 Bolívares— dice la cajera, una de esas señoras de 40 años que se reúsan a envejecer usando unas lycras grises de animal print. Nos sentamos y comienzo a morder mi croissant. Está suavecito tal como lo imaginé. Tomo un trago de jugo de naranja y olvido que estoy acompañado. Veo todo a mi alrededor. Esto parece una postal viviente. La luz es hermosa y la gente que está frente a mí está de foto. Los tres señores que bucean chamitas comentan entre ellos, supongo que las virtudes y desvirtudes de las  adolescentes.

—Tiene mucho queso crema— dice Iker pero cuando le pregunto si pedimos otro para compartir sonríe afirmando. Me levanto, pago y lo pido. Mientras espero, una muchacha y un señor pelean con una mosca que está dentro de la vitrina y se pasea sobre los profiteroles de chocolate. La señora de lycras de animal print deja su caja y se va a golpear la vitrina para aturdir y sacar la mosca. Me entregan el croissant y me siento en la mesa.

Bebo otro trago de jugo de naranja y le doy un mordisco a la mitad de croissant que tengo. Veo a la gente paseando a sus perritos e Iker interrumpe mi contemplación cuando me dice —No quiero que veas porque estás comiendo pero no me vuelvo a sentar aquí— Me río y miro hacia la señora de bastón que limpia su asiento con una servilleta —¡Se meó la vieja! Coño Iker, yo tampoco— le respondo mientras la señora registra en su cartera buscando papelitos y volantes para limpiar la silla y dejarla sequita y lista para que alguien se siente más tarde. Ella se va y le veo la falda mojada cuando se aleja. Recuerdo las palabras de mi mamá que dicen “Yo como sucio cuando no sepa, por eso como siempre en mi casa”. Verga mamá, creo que empezaré a hacer lo mismo.

lunes, 8 de octubre de 2012

Keep calm and just write

"No podemos salir de la casa porque hay un golpe de estado papito", me dijo mi mamá una mañana de 1992. En mi casa ese día no se vio televisión. Papá no estaba en casa, había ido a cuidar el negocio. Es lo único que recuerdo.

¡AD Juventud! Gritaba yo en 1993 en la Samurai verde de mi abuelo con un pañuelo blanco de papel. Bajábamos por Radio Jardín y los chiriperos nos veían desde la baranda de la Plaza La Alameda. Claudio Presidente gritaba mi abuelo mientras tocaba la corneta. Yo no sabía lo que hacía. Era un juego divertido y estaba jugándolo con mi héroe de siempre, mi abuelo Marcelino.

Ganó Caldera, de eso no me acuerdo. Sólo sé que nuestra vida siguió como siempre. De seguro mi abuelo Marcelino y su compadre Lorenzo, que era copeyano, después de eso se abrazaron como siempre lo hicieron.

1997. Sábado soledado en el Abasto La Sorpresa. Llegó un hombre que nunca había visto y nunca más lo vi. Hablaba de Chávez. Decía que él iba a sacar a los corruptos y a darnos un mejor país. Mi papá, resentido por naturaleza, se comió el cuento desde el principio. A mi mamá le costó, sin embargo lo hizo. 

Diciembre de 1998. Ganó Chávez. Mi papá prendió aquel Dogde Dar verde que teníamos. Nos montamos todos y salimos en caravana. Llegamos a casa de mi abuelo, el eterno adeco. "Felicitaciones hija, ganaron", le dijo el viejito a mi mamá. "Yo muero adeca" dijo mi tía Aura tremendamente arrecha. "Esa mierda ya murió Aura", le respondió mi mamá. 

Recuerdo que aunque tenía 12 años el sentimiento chavista duró poco en mí. Mi mamá firmó en el 2004. Mi urbanización estaba y sigue llena de chavistas que ahora integran la boliburguesía boconesa. Comencé a ver cómo se desintegraba mi país. Mi pueblo cada vez se ensuciaba más, la gente no quería trabajar, las calles se llenaban de huecos y pedazos de tierra que albergaban potreros desaparecieron para convertirse en una sucursal de un barrio caraqueño. Boconó, el pueblo en el que crecí, El Jardín de Venezuela, fue destruido por los seguidores de aquel hombre del que me hablaron en 1997 y que prometía darnos un mejor país.

"Marcel, quédese callado que uno nunca sabe cuándo va a necesitar de ellos". Esa es una frase recurrente en mi mamá. Una mujer asustada que prefiere estar callada antes de pelear con sus vecinos por decir que no piensa como ellos. Una mujer que es tildada por esos mismos vecinos como burguesa por pedir un poco de silencio para poder dormir un domingo a las 11 de la noche. 

Tengo rabia, mucha. Estoy triste y decepcionado. Estoy cansado de creer en que este país va a cambiar. Estoy cansado de tener miedo en el metro, en la calle. Estoy cansado de guardarme el celular en las bolas para evitar que me lo roben. Estoy cansado de tener que salir corriendo como un loco cada vez que alguien me pide 5 bolos. Estoy cansado de pensar en CADIVI, en lidiar con los cortes de luz y de alegrarme cada vez que veo medio litro de Mazeite o de Listerine en el supermercado. Esto no es vida para nadie. Y pensar que 7 millones de personas viven felices así.

Hoy no sé qué hacer. Mi abuela después de muchos años fue a votar. Hoy la viejita dijo que no quería que la llevaran más a votar. Mi mamá está callada, decepcionada y con una sonrisa hipócrita en la cara. Mi hermano, a quien le prometí que esta vez ganaríamos, está en casa, pensando en su hija y en el futuro que tendrá. Mi papá sigue con su rancho en la cabeza y pensando en que Chávez nos dará un mejor país.

Yo, Marcel José Serrano Gudiño, venezolano y amante de este país hermoso, sé que debo continuar. Mañana volveré al trabajo, a clases, al teatro y al metro. Volveré a lidiar con la inseguridad y el desabastecimiento. Volveré a decirle a mi mamá que tranquila, que el estacionamiento no nos lo van a expropiar. Volveré a pensar en irme con el rabo entre las piernas de este país. Volveré, volveré, volveré... No sé si vuelva a creer en el país.

Te prometo Emilaura que vas a tener un país libre. Te prometo mamá que siempre pasaré las navidades contigo. Te prometo Miguel Ángel que tendremos un país como el que construyó mi abuelo. Te prometo abuela Emilia que volverás a creer en la Democracia. Seremos libres y venceremos.